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Eco-lógico 2019-11-25 | Comentarios:

Calarcá: otra ruta de semillas

Calarcá: otra ruta de semillas

Por: Jose Luis Rivera García

Se la conoce como Villa del Cacique o Cuna de poetas y bien merecido se lo tiene: entre los caminos y socavones de Peñas Blancas rondan los relatos sobre la vida y muerte del Cacique Karlaká, el último de los jefes de la otrora provincia Pijao Cacataima[1], quien interpuso feroz resistencia a los invasores españoles y parece haberse llevado consigo la ubicación de un gran tesoro.  Los parajes, veredas y paisajes que la componen inspiraron los versos de Baudilio Montoya, Javier Huérfano, Dora Tobón de Ocampo, Humberto Jaramillo Ángel, Esperanza Jaramillo y el siempre recordado Luis Vidales.

 

Este territorio que se mueve entre las leyendas de resistencias épicas al invasor europeo y los avatares de la realidad cotidiana, esconde, entre sus múltiples legados, uno bastante particular que para muchos ha pasado hasta ahora inadvertido, se trata de la herencia en la que se funden el carácter, disciplina, autonomía y dignidad de los atributos pijaos con el intelecto de quienes se inspiran en el territorio para re-existir en él. Hablamos de las semillas criollas y nativas cuya custodia responde a la salvaguarda de la biodiversidad y los saberes atados a ella, en una propuesta política de soberanía alimentaria. No es, por supuesto, sólo una tarea adelantada en estas tierras, pero sí una misión que convoca a guardianes predilectos.

 

La ruta puede empezar por la vía Chagualá, en la vereda Buenos Aires Alto, una familia guarda con celo, entre otras, las semillas del maíz amarillo, la habichuela negra y variedad de plátanos, entre los que están el plátano rojo y el plátano rayado. Arcesio y Rosabel, después de años de trabajo duro en la ciudad, retornaron al campo de donde habían salido tiempo atrás, para realizar allí su sueño: cultivar como habían aprendido de pequeños, sin herbicidas ni fertilizantes artificiales, limpiando la tierra con las manos y con perseverancia. En palabras de Arcesio, su oficio es “cuidar la semilla que los abuelos nos dejaron, puedo resumirlo en esa frase.”

 

Foto: Papa aérea o Dioscorea bulbifera L.

 

Recorriendo el municipio hacia el sur, hacia la vereda Bohemia, se encuentra la Granja Ecológica ‘La Esperanza’, donde Daniela Aristizábal y su familia ha trabajado por más de 18 años construyendo un estilo de vida en común, diferente a los ritmos agitados del mercado y la ciudad. Su predio se guía por un sistema agroalimentario basado en el aprendizaje, conservación y aprovechamiento consciente de la diversidad botánica del territorio. El árbol de la bocconia, el caimo amarillo, el zapote y una variedad de aguacate nativo son algunos de los frutos de la tierra que se preservan allí.

 

Sobre por qué es importante custodiar semillas, Daniela asevera que se trata de “el valor social que tienen. Todos los seres humanos desde hace muchísimo tiempo venimos consumiendo, identificando y valorando el potencial que tienen esas plantas o especies (…) está en nuestro lenguaje, en nuestra historia, pertenece a nuestra cultura. Las vemos todos los días, hablamos de ellas, con ellas construimos cosas (…) también porque sabemos que benefician a otras especies y por eso las conservamos”.

Fuente: Familia Agrosol

Foto: Café aránigo orgánico fuente Familia Agrosol

 

Pasando de allí hacia el corregimiento de La Virginia, por la entrada de Pelacarriel, se encuentra la Ecogranja ‘La Primavera’. David Montoya y su familia ofrecen un lugar para recrear la vida del campo, sus saberes y flora. Alguna vez, tal como David lo asegura, sintieron el llamado y decidieron vivir en el campo habiendo crecido principalmente en el mundo urbano. Se encargan de preservar el yacón, el sagú, las semillas de fríjol bocanegra y cacha, además de 7 variedades de yuca. Sobre cómo alguien puede hacerse custodio de semillas, David asegura “es como un sentido, una conexión y se aprende es estudiando, preguntando, haciéndolo, observando cómo crece la planta, probándola, preparándola, preguntándole a los más viejos, leyendo libros. Es la voluntad de querer hacerlo”. David nos recuerda que todos podemos ser custodios de semillas, usted lector o yo escritor, tenemos la posibilidad de sumarnos a esta iniciativa necesaria. 

Foto: Achiote o Bixa orellana

Fuente: Eco Granja Primavera

 

Saliendo de allí hay una última parada, al menos en esta ruta preliminar, en el centro poblado de Quebradanegra. Desde 2004 Asoguaraní reúne a varias familias en un proyecto en constante construcción, la producción agropecuaria y pesquera limpia y orgánica como opción de vida, recuperando la costumbre campesina de guardar las semillas. Didier Zambrano, de la finca La Romelia y uno de los fundadores, se dedicó a salvaguardar sobre todo el fríjol: variedades del conocido como fríjol risueño (negro, amarillo y rojo), del fríjol mucuna (blanco, negro y jaspiado) que se ha preparado incluso como café, del fríjol pavo blanco o rojo y uno que se dio en su predio por la combinación de un chacha y un petaco rojo, al que bautizó ‘guaraní’, en honor a la asociación.

 

Sobre la relevancia que ha cobrado el oficio de custodio, Didier resalta “hay mucha gente de los que llamamos neo campesinos, aquí a una, dos o tres cuadritas, nos alegra mucho que se vengan al campo y lo primordial es que ellos vienen buscando semillas, la gente que viene de la ciudad para acá viene a producir en pequeño, pero orgánico, su propio alimento, pero no encuentra semilla, el papel de nosotros es tenerlas y dárselas a conocer, esa es la importancia, está en riesgo la alimentación del mundo, entonces quienes tenemos semillas las tenemos ahí para dárselas a la gente”

 

A todas estas experiencias las enlazan los principios agroecológicos de manejo orgánico de los cultivos, tanto en abonos como en control de plagas, la recuperación de suelos y el objetivo de perseguir una mejor nutrición, garantizando el acceso a alimentos limpios y locales, en una perspectiva de seguridad y soberanía alimentaria. No se trata de repetir viejas prácticas sin justificación, sino de llevar a la acción una propuesta consciente e innovadora que recoge del pasado y recrea en el presente, como tradición viva.

 

 

Luchas como éstas alrededor del mundo llevaron a que, en un acto de reconocimiento a la valía y la dignidad de los campesinos, el Consejo de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) hiciera oficial la Declaración de Derechos de los campesinos y trabajadores de zonas rurales hace ya un año. La Declaración reconoció tres derechos importantísimos: el derecho a la tierra, el derecho al agua y el derecho a las semillas y sus estrechas relaciones con el derecho a la alimentación, a la salud y a un ambiente sano.

 

Aunque Colombia se abstuvo de votarla, la Declaración se configura como marco normativo internacional que puede tener incidencia normativa, política y social para el campesinado colombiano que a través de sus dignidades y de experiencias como las de los custodios de semillas, ha reivindicado y luchado por estos derechos, que no son sectoriales sino extensivos a todos, pues es en el campo donde se produce el alimento que hace posible la vida en las urbes.

 

Se trata de testimonios de vida profundamente ligados a los Derechos Humanos, ejemplo de resistencia y dignidad, en últimas, de cultura que renace.

 

 

[1] CARTILLA: LA TIERRA NUESTRA (s.f.) Textos Guillermo Castaño. Eds. Corporación Campesina, Calarcá-Córdoba-Quindío, Colombia.


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